
Definitivamente, la saga de Harry Potter empieza a flojear.
Entiendo que su autora quisiera ganar mucho, mucho dinero con sus novelas, pero oye, si la historia no da para tanto, mejor ponerle fin cuanto antes. Total, de pobre ya ha salió y podría vivir varias vidas con lo ganado con la mitad de sus libros.
Me explico con algún spoiler, así que si alguien no la ha visto todavía, puede dejar de leer.
En esta ocasión nos plantean el “misterio” de un príncipe mestizo al que se alude en un libro de magia que encuentra Harry. Para empezar, el título es engañoso, puesto que del tal principe y su libro se habla muy poco durante toda la película. Y cuando al final de la misma se descubre la identidad del príncipe, cosa que ocurre cuando ya nadie se acordaba de él, resulta que uno se da cuenta de que todo era una maniobra para presentar a Snape (el príncipe) como un agente más de Voldemort. Y que posiblemente sea tan solo un infiltrado en su bando trabajando para Dumbledore, quien también posiblemente haya fingido su muerte para resucitar cual Gandalf en algún momento de máxima necesidad.
¿Y para eso tanto?
Porque, claro, como esa trama no daba para llenar toda la novela/película, había que meter otras, bastante prescindibles. Así, la buena parte del metraje está dedicado a los amoríos de los protagonistas, a un armario cuya finalidad se adivina desde que se sabe que hay otro en otro lugar; y sobre todo a un misterioso recuerdo de un profesor que no quiere que salga a la luz, y que para obtenerlo, Harry tiene que amigarse con él para descubrir su secreto.
Lo del recuerdo es el único misterio que hay en esta historia. Y una vez desvelado, digo yo que, ¿por qué no quería que los demás lo conociesen? ¿acaso ese profesor trabaja para Voldemort y por eso quería mantener tanto secretismo? como el miedo no me cuadra con su actitud, no lo entiendo.
En fin, que salvo por el final, que es en lo único que avanza la historia hacia terrenos previsibles, el resto es un relleno que se podían haber ahorrado.